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Luisa no vio venir la trampa. Caminaba de regreso a casa cuando se detuvo ante un poste de luz en Michoacán. Un código QR prometía acceso a la fiesta del año, un evento de música electrónica con descuento en la entrada.
Escaneó la imagen y la pantalla de su celular se llenó de símbolos ininteligibles. Sin dirección, sin oferta, sin explicación. Pensó que era un error y no le dio importancia.
Al principio, el remitente parecía un adolescente más, alguien de su edad que intentaba llamar su atención. Cuando Luisa ignoró los mensajes, el tono cambió. "Si no contestas rápido, publico tus fotos", advirtió.
No era una amenaza vacía. El desconocido tenía imágenes íntimas de Luisa y Ulises, su novio de 17 años. Fotos tomadas en la privacidad.
Al principio, Luisa pensó en traición, pero el remitente le explicó cómo había obtenido las imágenes: el día anterior, al escanear el QR, había entregado el control de su celular.
El extorsionador no era un desconocido cualquiera. Se hacía llamar El Comandante Furia y pertenecía a la Operativa Cárteles Unidos. Quería saber todo sobre Ulises: su edad, su estatura, su peso, si tenía familia o practicaba algún deporte.
Cuando agotó sus preguntas, lanzó su demanda. Si Luisa quería evitar que las imágenes llegaran a internet y a los números de sus familiares en WhatsApp, debía organizar una reunión entre su novio y un jefe de plaza en Michoacán.
La familia de Luisa lo entendió de inmediato. La amenaza no buscaba dinero ni más imágenes, sino un recluta más.
A través de la sextorsión, el crimen organizado estaba seleccionando víctimas y obligándolas a entregar a alguien más para salvarse.
Cuando Luisa se negó, argumentando que Ulises tenía asma y no podía correr ni una calle sin ahogarse, El Comandante Furia no se inmutó. "Entonces pon a otro. Un amigo, un primo, un hermano. Quien sea".
Su hermano, un militar retirado convertido en gerente de seguridad privada, se encontró con más casos.
"No sé si sea algo generalizado, pero en esta zona están usando el robo de contenido en los teléfonos. Buscan gente muy joven, porque si les pasa esto, no van con sus padres ni denuncian. Les da pena y tratan de resolverlo solos. Y eso los pone en más peligro", explica el hermano de Luisa.
La sextorsión es un método de coacción que ha crecido en los últimos años. En 2022, la Interpol lanzó la campaña #ElPróximoPuedeSerUsted, alertando sobre cómo el crimen organizado utiliza virus digitales para robar información de teléfonos y luego chantajear a sus víctimas.
El modelo no es nuevo. En 2022, una red criminal asiática ganó 47 mil dólares con una aplicación fraudulenta que ofrecía acceso a "chats de desnudos".
Las víctimas no sabían que, al descargarla, entregaban sus imágenes y contactos a extorsionadores.
Ese mismo esquema de chantaje ha sido perfeccionado en México. El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) lo adaptó al reclutamiento forzado de jóvenes mediante falsas ofertas de empleo.
El 25 de marzo, la Agencia Nacional del Crimen de Reino Unido alertó sobre el crecimiento de comunidades en línea dedicadas a la sextorsión de menores de edad.
En algunos casos, usan inteligencia artificial para clonar voces y crear conversaciones falsas. En otros, aplican ediciones de imágenes para fabricar desnudos inexistentes.
Cuando un método de extorsión se vuelve efectivo en un país, el crimen organizado del resto del mundo lo replica.
Asustada, Luisa rompió el chip de su celular. Nunca consideró la posibilidad de entregar a Ulises o a otra persona. Su hermano es el único en la familia que sabe lo que pasó.
"Cuando me lo contó estaba muy alterada. En un lugar como este, donde todos se conocen, un escándalo así puede destruir una vida", dice.
Como exmilitar, lamenta que haya destruido el chip. Ahí estaban las pruebas. Pero tampoco tiene muchas expectativas en la justicia. Las investigaciones contra el crimen organizado en Michoacán rara vez llevan a algo.
En unos días, Luisa y Ulises cumplirán dos años juntos. Su celebración cambió de planes: en lugar de una fiesta con amigos, pasaron la noche solos, con la única regla de que nadie tocaría su celular.
Por unas horas, al menos, intentaron olvidar que hay alguien, en algún lugar, que sigue observándolos.