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Como si se tratara de una afrenta a la Gobernadora de Veracruz Rocío Nahle, el líder parlamentario del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) en la Cámara de Diputados Federal, Ricardo Monreal, salió en defensa del senador Miguel Ángel Yunes, después de que se rechazara su afiliación al partido morenista.
A decir de Monreal Ávila no es partidario de hacer "leña del árbol caído", precisando que no todos están dispuestos a reconocer que, gracias a su voto, se logró la reforma judicial, como si con ese voto le debieran la vida al senador panista veracruzano.
Y es que, el presidente de la Junta de Coordinación Política en San Lázaro dijo que se debe reconocer la decisión republicana de completar la votación para sacar adelante la reforma al Poder Judicial y avalar otras propuestas de la presidenta de la República.
"Miguel Ángel Yunes aportó una importante acción en la reforma judicial y en otras reformas. Es muy sencillo: si él no hubiese actuado por convicción y por responsabilidad republicana, no hubiera habido reforma judicial, simple y sencillamente, por eso yo le tengo respeto a él". Así las expresiones de Ricardo Monreal que al igual que Adan Augusto -presidente del Senado de la Republica- defienden a "capa y espada" al panista. Pero frente a ello surge la gran duda, de quien gana más.
Queda claro con ello, que, en el escenario político contemporáneo, se observa una creciente desconexión entre los ideales tradicionales de la diplomacia, la objetividad, la verdad y la congruencia, y las prácticas reales de quienes ostentan el poder.
La política, más que nunca, parece haberse sometido a los dictados inmediatos de los intereses del poder y la influencia, dejando de lado principios que una vez fueron considerados como los cimientos de un gobierno justo y equitativo.
Actualmente la diplomacia, parece que se ha convertido en una herramienta flexible al servicio de los caprichos del poder. La habilidad de negociar y encontrar terreno común ha sido reemplazada por una diplomacia transaccional, donde las lealtades ya no son hacia ideologías o alianzas duraderas, sino hacia aquellos que ostentan el control en un momento dado.
La objetividad, por su parte, ha sufrido un golpe similar. La capacidad de analizar y evaluar situaciones políticas sin prejuicios se ha visto socavada por narrativas sesgadas y campañas intencionadas de desinformación. Las verdades políticas ahora parecen ser maleables, adaptadas para servir a intereses particulares en lugar de un público informado. Vivimos en una época donde "mi verdad" puede tener más peso que "la verdad".
Asimismo, la congruencia, un principio que debería guiar las acciones de los funcionarios públicos, está amenazada por decisiones impulsadas por una pragmática adaptación al cambio constante de alianzas e intereses. Los cambios abruptos en política y retórica a menudo resultan en una fractura entre lo que se dice y lo que se hace, minando la confianza pública y fomentando un cinismo generalizado hacia los líderes políticos.
En este marco, es esencial reconsiderar el valor de la lealtad en la política moderna. No una lealtad ciega o complaciente, sino una lealtad informada y crítica hacia los principios fundamentales de la democracia. La sociedad civil y el electorado tienen un papel crucial en exigir rendición de cuentas, apelando a la ética y la transparencia en lugar de verse seducidos únicamente por el carisma o el poder temporal de las figuras políticas.
El desafío para las sociedades actuales radica en equilibrar el poder con la ética. Lamentablemente el ejemplo de lo que ocurre con los Yunes y los morenistas es un ejemplo claro de que los intereses están por encima de los principios.